lunes, abril 03, 2006

La pasión de Cristo: ¿qué pasó con el reino de Dios?

Conmueve ver a la gente sollozar al término de la película de Gibson. Comprendo que, teniendo un conocimiento previo de la vida y misión de Cristo, al reconocer en el film lo más sagrado de sus vidas las personas se emocionen y deseen ser aún mejores. Pero los impactos emocionales no bastan. Todo el bien que puede hacer la "pasión" de Gibson no excusa una reflexión sobre su verdadera calidad.

Esta película pasará a la historia por la crueldad contra Jesús. Lo demás es secundario, incluso la bella actuación de María. Gibson ha querido que lo que nos guste de su "pasión" sea la sangre de Cristo. Me limitaré aquí a la cuestión teológica de fondo: ¿puede gustarle a Dios este film como interpretación de la pasión de su Hijo?

Me apuro a responder: creo que no. Nada hay más difícil de interpretar correctamente que el Misterio Pascual, la principal razón que los cristianos tienen para vivir y esperar. La "pasión de Cristo" de Mel Gibson, sin embargo, sugiere una interpretación teológica inquietante. Dos son, a mi juicio, los errores acerca de la salvación cristiana implicados en la película. Primero, se reduce la salvación al perdón de los pecados y, segundo, ella opera a través de la sustitución penal de Cristo. Gibson incurre en estos dos fallos al desconectar o conectar pésimamente la pasión de Jesús con su historia anterior y con su resurrección.

La sustitución penal de Cristo

Hasta el año 1000 aproximadamente, predominó en la Iglesia la teología de los padres griegos que subrayaba la importancia del don de Dios mismo en Cristo crucificado. Para colaborar en su salvación, los hombres debían creer que, al entregarse Dios en la cruz por ellos, los amaba y salvaba libre y gratuitamente. Pero desde Anselmo en adelante, aun cuando en este santo predomina la convicción de la misericordia de Dios con las víctimas del pecado, la teología latina giró en contrario. Se afirmó que la salvación la otorga Dios gracias a la satisfacción que Cristo crucificado le ofrece en representación de quienes no pueden, siendo pecadores, reparar la ofensa de su honor divino herido por los pecados.

En lo sucesivo se desarrollaron teologías que, extremando la importancia de la entrega del hombre Jesús exclusivamente en la cruz, terminaron por encajar a Dios en el paradigma de la justicia penal, lesionando la gratuidad del sacrificio y de la salvación cristiana. Enseñaron que Dios castigó a Cristo en lugar de la humanidad. De tanto aislar el sacrificio de Jesús, redujeron los protagonistas de la cruz a dos, a Cristo que sustituye en ella a la humanidad y al Padre que la castiga en su Hijo. Este grave error fue posible al olvidar al tercer protagonista: fariseos y sacerdotes, los únicos que procuraron directamente su muerte.

Gibson excusa a Pilatos, acusa a las autoridades judías, pero traspapela la verdadera razón que tuvieron para matar a Jesús: un "reino de Dios" ofrecido generosamente a pobres y pecadores, echaba por tierra una religiosidad de premios y castigos. Abrogado el temor por el amor, las autoridades religiosas no tendrían cómo retener a las víctimas de las normas y ritos que ellas mismas habían multiplicado para someterlas a una religiosidad que usurpaba a Dios la posibilidad de seguir orientando interiormente la libertad y la conciencia. Al suprimir la gratuidad de la salvación, al exigir un castigo suficiente por los pecados, Gibson invierte el sentido del cristianismo, pues hace del sufrimiento como castigo el secreto de la salvación.

¿En qué sentido, en realidad, el sacrificio de Cristo ha sido grato a Dios? Jesús no fue masoquista. Su Padre no fue sádico. Grato a Dios ha podido ser el sacrificio de Jesús a lo largo de toda su vida, no sólo en su pasión, particularmente desde que predicó la Buena Noticia del amor incalculable del padre del hijo pródigo (Lc 15, 11-32) y de la paga desmesurada del patrón a trabajadores que merecían infinitamente menos (Mt 20, 1-16). A Dios es grato el amor de aquellos que, como su Hijo Jesús, hacen suyas las penas ajenas aunque ello les cueste la vida. ¡Para que este amor entrara de una vez por todas en este triste mundo, Jesús creyó necesario seguir hasta el final y su Padre, paradójicamente abandonándolo, sostuvo su libertad en vez de intervenir milagrosamente en su ayuda! Así Dios nos hizo libres, hijos del amor que vence el temor. Lo dice magistralmente la primera carta de Juan: "No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira al castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud del amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero" (1 Jn 4, 18-19). Dios no necesita dañar para salvar. Dios no sabe castigar. Sólo sabe amar.

Reducción y alteración de la salvación

Al prescindir Gibson de la predicación del "reino de Dios" por Jesús previa a la pasión, desecha la única posibilidad de entender que el Misterio Pascual es el misterio del amor gratuito de Dios con las víctimas del pecado y, a través de estas, con los pecadores. Los flashback a la historia anterior a la pasión no completan lo que falta y, en todo caso, confirman lo dicho.

Si se desconoce que Jesús tuvo un proyecto, el "reino de Dios", en los solos episodios de la pasión es imposible descubrir por qué lo asesinaron. La razón histórica de la muerte de Jesús, en el relato de Gibson, se halla completamente pulverizada. Se le acusa de mago, de violar las leyes del templo, de criminal, de loco, de hacerse llamar Hijo de Dios o "rey de los judíos", de no observar el sábado, de enseñar una doctrina engañosa, de liderar una secta, de negarse a pagar el tributo al César. La acusación de blasfemia no constituye "la razón" por la cual lo mataron sino la razón argüida para matarlo. Tampoco ha podido serlo acusar a Jesús de una pretensión mesiánica. Tantas verdades a medias sólo han podido ocultar que a Jesús lo mataron por anunciar el "reino de Dios". La única referencia de Gibson al "reino de Dios", sin embargo, es para decirnos con Jesús: "mi reino no es de este mundo", siendo que la novedad más extraordinaria de Jesús fue haber proclamado la actualidad del reinado de Dios innumerables veces, anticipando simbólicamente en la institución de la eucaristía la plenitud de este reino en virtud de su muerte inminente. Gibson no parece entender que, sin el Misterio Pascual es el "reino de Dios" el que no habría acabado de llegar; y que, sin la predicación prepascual de Jesús, el Misterio Pascual no sólo es ininteligible sino que se presta a la mistificación sado-masoquista del sufrimiento.

La desconexión de la pasión de Gibson atañe al pasado de Jesús, pero también a su futuro de resucitado. La única conexión con lo anterior es que Jesús resucitado está limpio de sangre y en las manos se advierten las cicatrices de la pasión. Pero, ¿no había sido ajusticiado injustamente? La resurrección del Cristo de Gibson no es justicia para el inocente Jesús. De suyo, su resurrección de la muerte no ha podido bastar para rehabilitar a Cristo si el Padre no acredita su justicia y la de las demás víctimas inocentes. Tampoco a sus discípulos la resurrección de Jesús los rehabilita después de haber seguido a un condenado a muerte. En los Evangelios, en cambio, la resurrección es proclamada por los testigos que anuncian la acción portentosa del Padre que a ellos mismos los enaltece con el exaltado, sacándolos definitivamente de una religión terrorífica y envalentonándolos para que anuncien la Buena Nueva. En razón de este grave olvido, el resucitado de Gibson no ofrece esperanza a las demás víctimas inocentes del pecado, sino que perpetúa la posibilidad de usarlas para la salvación de los "crucificadores". Si Jesús había enseñado que “el sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27); si para él los mandamientos y los ritos son un medio y el hombre es un fin, el Cristo resucitado de Gibson no tiene fuerza teológica para impedir que los hombres sigan amando a su prójimo para cumplir la Ley, en vez de amarlos como el nazareno, ¡como Dios!, libre y desinteresadamente, por un amor auténtico al prójimo y no por miedo farisaico al incumplimiento religioso.

La "pasión de Cristo" de Gibson no impresiona tanto por la violencia física que exhibe como por la violencia moral y religiosa que olvida. Muestra la sangre, pero camufla el conflicto.

¿Un film anti-semita?

El Cristo de Gibson no parece ser Evangelio para los judíos de Auschwitz y Dachau, los pobres latinoamericanos, las víctimas de la revolución bolchevique y de Mao, los nuevos crucificados del terrorismo islámico, vasco o chechenio. La discusión puede quedar abierta excepto en un punto: si esta película fuera anti-semita, por la misma razón sería anti-cristiana. Un Cristo que sea Evangelio sólo para los cristianos, pero no para los demás, sería lo más cercano a un Anti-cristo. Un Cristo que moviera a reducir a la Iglesia Católica a una comunidad cerrada a la acción de Dios en los otros credos y personas, poseedora exclusiva de Dios cuya verdad es su amor (1 Jn 4, 8), no sólo podría representar un peligro para la convivencia social, sino que abrogaría la vocación más profunda de la misma Iglesia a anunciar a Jesucristo como Buena Noticia a todos los que han de ser considerados criaturas de Dios.

No soy experto en cine, luego entiendo que otras personas tengan una percepción diversa de la "pasión de Cristo" de Gibson. Todas las interpretaciones son respetables, aunque no cualquiera sea igualmente válida. A mi juicio, este film se suma a las comprensiones defectuosas del sacrificio de Cristo que han podido hacer daño a la causa del Evangelio. Muchos no son cristianos porque les parece que, de alguna forma, la cruz justifica el sufrimiento inocente, la irracionalidad de la violencia y la perpetuación de la culpa. Entre los cristianos, aquí y allá, lamentamos las consecuencias de la inversión del sentido del sacrificio de Cristo cuando, para vivir nuestra fe, debemos participar activa o pasivamente de la dureza de un "dios" que no es el Dios exigente pero tierno de Jesús. Dolorismo, victimismo, servilismo, resignación, exacerbación de la culpa, sometimiento, indulgencia con la tortura, miedo a equivocarse, anulación del valor de la libertad en el cumplimiento de la ley moral, expropiación de las conciencias e indiferencia ante los fracasados, son muestras que obscurecen nuestra imitación de Cristo a lo largo de los siglos. Seamos sinceros: el cristianismo no se ha librado de reciclar el fariseismo. Para camuflar nuestra hipocresía los cristianos solemos negar la historia, esconder los conflictos no resueltos y, para ajustar las cuentas con la imagen idolátrica que deseamos cultivar de nosotros mismos, cargamos a los inocentes las culpas que no podemos soportar.

¿Habría bastado una gota de sangre de Cristo para la salvación de la humanidad? Gibson parece convencido de que ha sido necesaria mucha sangre. ¡Absurdo! No es la sangre de Cristo, la pura pasión, sino la entrega de toda una vida para hacer creíble que Dios abomina la violencia y sus víctimas, lo que ha sido establecido como principio del reino de vida plena que, a partir de la resurrección de su Hijo, Dios comparte gratuitamente con todas sus criaturas comenzando por los judíos. No es el dolor por sí, sino el dolor del amor apasionado y misericordioso del mismo Hijo de Dios para que no se pierda una sola gota derramada de sangre inocente, para que la memoria de ninguna víctima sea borrada para siempre, lo que merece fe y da esperanza a los crucificados de la historia y a los que cargan con su cruz de cada día. Es la compasión cristiana con las personas concretas que sufren los efectos de los pecados propios y ajenos, la vía mistagógica a través de la cual los pecadores pueden verificar en su beneficio el perdón que Dios les ofrece. Son las víctimas, que representan sacramentalmente a Cristo (Mt 25, 31-46), las que introducen a los pecadores en el "reino de Dios", en el misterio del amor gratuito en que Dios mismo consiste.

Publicado en El Mercurio ("Artes y Letras"), el 4 de abril de 2004.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Me gustaria que se tomara en cuenta que si molesta tanto una representacion ecenografica de la Pasion de Cristo, que en este caso fue presentada a nivel mundial para sacar provecho economico, digo suele ser esta la molestia o es que acaso la molestia viene del interes que los expectadores han mostrado ante tal situacion, debemos darnos cuenta que es solo una pelicula la realidad fue aun mas dura y nadie ni un director puede llegarla a imaginar.... no fue exagerada solo trato de concientizar a millones que no han reflexionado acerca del amor infinito de Dios para con nosotros..
Por otra parte si ofendio tanto una pelicula , no es mas ofensivo el representar esta historia año tras año por muchos lugares del mundo o decirse amar a dios cuando portamos una cruz en nuestros cuerpos con la imagen de cristo crucificado, que no es mas doloroso ver cada año como fue la crueldad del hombre contra el hijo de dios y aun hoy sigue siendo la vanidad del hombre contra la misericordia de dios... mediten ese aspecto... no critiquemos puntos sin razon mejor nuestros errores y vidas para enseñar a los demas como debemos actuar... con la vara que mides seras medido...la biblia ES SABIA Y DIOS NO ES UNA PELICULA ES MAS QUE ESO DIOS ES AMOR Y ESO SI DEBERIAMOS DAR....

8:51 p. m.  
Blogger Daniel de Jesús Obando said...

Me parece que el comentario del anónimo refleja una apología sectaria, e indicio claro de que no entendió la profundidad del artículo, el autor pone claro
énfasis en el peligro de reducir la salvación ofrecida por Jesucristo, si se desconecta la causa de la muerte de el "Reino de Dios"

8:58 p. m.  

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