jueves, abril 06, 2006

María, madre y maestra de Jesús

El asombro de la madre es incomparable. La sorpresa la estremece. El niño en sus brazos trasparenta un amor que no cabe en el mundo. A los ojos de cualquiera, la criatura no se diferencia en nada de tantos otros recién nacidos, rojizo, ciego, feúco, inerme… Pero María que lo mira con fe sabe que no es un galileo más.

Cómo educarlo

Sus manos diminutas, sus escasos cabellos, ninguna marca celestial, indican su origen divino. Ella ve y basta. La Virgen intuye que la vulnerabilidad de Jesús es la expresión más genuina de su trascendencia. Otras señales nos alejarían del único Dios que no aterra al hombre. ¡Dios es amor! El amor nos asemeja, achica las distancias. El amor cautiva, atrae, promete y compromete, pero jamás intimida. Asombra a María exactamente lo que desestabiliza a los poderosos: la impotencia que vence porque convence. "¿Qué hacer con él? ¿Cómo educarlo?".

No camina. No entiende. Tampoco sabe hablar. Menos aún pensar. A nadie puede comunicar esa inquietud con que ha nacido, una especie de angustia en la traquea por unir el cielo y la tierra. El niño no hace teatro. Si llora, es que llora. Molesta porque ya le turba que, viniendo a los suyos, no será comprendido. No podría decirlo, pero lo presiente. Lo respira en un ambiente que tolera el crimen de los inocentes. Nunca ha escuchado hablar de víctimas, pero desde hoy comparte su sino. María y José tendrán aún que enseñarle las palabras, cuánto pesan las palabras, cómo juntarlas, cuándo dirigirlas derecho al corazón de las personas. De la conformidad plena de las acciones de Jesús con sus palabras, dependerá el éxito de la Palabra de Dios.

Así, humano, el niño es ya nuestro salvador. Unos viejos acuden y se devuelven. De un lactante, hijo de una pueblerina que no ha de saber ni escribir su nombre, mejor no hacerse ilusiones. Otros viejos se acercan y se quedan: abrigado, acariciado, mamando, Jesús los exime del cumplimiento religioso obsesivo que llena de gloria vana. El niño sacia la esperanza de los pobres del Señor.

"¿Qué hacer con él?", se pregunta otra vez la madre. ¿Qué habría que hacer para educar el amor que lo mueve? ¿Cómo hacerlo sin perturbar su originalidad? ¡Delicada tarea!

La decisión de María

La Virgen toma una decisión: "haré de Jesús un hombre". Si hubiera nacido niña, María habría intentado lo mismo. Sabe que esta decisión le costará cara. Si el niño llega a desplegar el misterio de su humanidad, una espada atravesará el alma de la madre. Hasta este día un hombre pleno, en realidad, no ha nacido. Ha habido, sí, esbozos, ensayos humanos mejores y peores. Unos han anticipado algo de la libertad de Jesús muy antes de su nacimiento; otros, envidiosos de su prójimo, habrán incidido a largo plazo en la generación de fariseos y saduceos que conseguirá eliminarlo. María acepta las consecuencias. Ya tan temprano, el amor que agita a Jesús libera a su madre del miedo a perderlo. ¡Lo perderá! Porque María es madre e hija de la libertad de Jesús.

La vocación de Jesús a amar este mundo como nunca nadie lo ha hecho, es esto lo que habrá de custodiar. Con la ayuda de José, María le contará la historia de la liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto, lo iniciará en los ritos que actualizan la salvación de Yahvé en el presente, le obligará a memorizar los preceptos fundamentales de la Alianza, y lo adiestrará en reconocer la voz del Espíritu que le permitirá interpretarlos. Para probar que el Creador del universo no se repite, el niño tendrá que aprender a heredar creativamente la tradición religiosa de su pueblo. ¡Nada de fundamentalismos! Que la tradición religiosa de Israel ayude a Jesús a discernir la voluntad de su Padre en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. A una madre que no registre el temblor infinito de su recién nacido, no se le puede exigir que respete su conciencia, que eduque su imaginación: que lo ame más que a sí misma. Resultaría tan comprensible que una madre así se resignara a igualarlo al resto, para que sea idéntico a los otros niños, un niño normal y nada más. María que sí ha percibido que su hijo es Hijo del Altísimo, que cree en Jesús y en el Dios que lo engrandece, se pregunta una y otra vez: "¿cómo hacer de Jesús un hombre único, un hombre libre, un hombre que ame?".

Hijo de Dios e hijo del dolor

¿Cómo hacerlo en este mundo empecatado? ¡Cuántas tentaciones! Todo dependerá de su Padre, decide ella. Renunciándolo, enseñándole a mirar a Dios y a dejarse mirar por Él, María piensa asegurar lo principal. Si Dios es amor, el niño tendrá que confiar absolutamente en su Padre y desear sólo su voluntad. Si Dios lo ama, su hijo no debiera agachar la cabeza ante nadie. Tampoco tendría, por lo mismo, que exigir de los demás reverencias, favores serviles y tratos privilegiados. Ningún miedo debiera hacerlo retroceder. Las mañas con las que se consigue prosperar o salir del paso, en su caso no serán necesarias. Los milagros que haga los hará para que los enfermos y oprimidos de un pueblo tan empobrecido como el suyo, crean que el reino de Dios ha llegado. No moverá un dedo para salvar su propia piel. La Virgen le enseñará a rezar: unido a Dios el hombre aprende a reír, a dar con alegría, a jugar con otros pero sin las cartas marcadas.

Pero hay algo que su Padre no puede poner: el sufrimiento humano. María asume como tarea suya insustituible trasmitir a su hijo el milenario sufrimiento de los pobres de Israel. Lo hará con cuidado, para no quebrarlo, recordándole a la vez la maravillosa misericordia de Dios con los humildes. Para que Jesús sea un hombre, su madre se dispone a enseñarle a sufrir. El niño es carne de su carne. Le enseñará a escuchar. Sus oídos oirán las penas más grandes. Le enseñará a mirar. Se le gastarán los ojos, las lágrimas por los desdichados lo enceguecerán. Sufriendo, el niño aprenderá a amar a rienda suelta, indiferente a las amenazas, insobornable a cualquier arreglo con los potentados. Si María no dotara a su hijo de su propia sensibilidad, nuestras lágrimas no alcanzarían a Dios. Gracias a María el llanto de Jesús será nuestro llanto.

Y más. En la esclava del Señor, Jesús reconocerá la lección de su propio señorío. El secreto de la Virgen, causa eventual de su máxima difamación, preparará a Jesús para aguantar que los suyos, familiares y compatriotas, hablen mal de él. ¡Al hombre veraz lo muerde la infamia! María le hablará del siervo de Isaías… Cargando con la ineptitud de los que le quitarán la vida, víctima de una torpeza que pasa de generación en generación, Jesús ha de dar la vida por ellos mismos. Nadie es más libre que el hombre que en vez de odiar ama, que perdona en lugar de vengarse. Exculpando a sus enemigos, Jesús nos librará de la fatalidad de curarnos las heridas culpando de ellas al prójimo o a cualquiera.

¿Qué hará la madre para preparar al niño a la prueba suprema? Un día Jesús conocerá la soledad mayor, el abandono de Dios. La fuga de los amigos, la traición del que parecía leal…, nada se compara a la impresión de que Dios nos da la espalda justo cuando más lo necesitamos. Después de haber dedicado su vida a anunciar a los pobres y a los pecadores que Dios merece confianza, Jesús, a los ojos de la muchedumbre pobre y pecador, no conseguirá misericordia ni siquiera para él mismo. ¡Cuánto dolor tendrá que soportar este hombre! En el Gólgota Dios no hará nada. Pero María que vive de su fe, que no tiene otro consuelo que saberse única para el Señor, trasmitirá a Jesús la capacidad para mantenerse ante Dios y confiar en su amor, aún cuando todo indique que el Demonio puede más. María contagiará a su hijo la fe que el niño necesita para creer que Dios cree en él y que ama su vida contra todas apariencias.

Amor por la vida compartida

Ninguna pedagogía al sufrimiento servirá, sin embargo, si el niño no llega a amar la creación en todas sus expresiones. El sufrimiento por el sufrimiento es absurdo. La Virgen ama la vida. Ella, como Dios, quiere la vida de Jesús y no su muerte. Las piedras, las nubes, los sembríos…, requerirán de su hijo una atención prolija. María enseñará a Jesús cómo nacen los corderos, José le explicará cómo se cortan los ladrillos. La música, el baile, el vino y el olor del pan caliente debieran regocijar a Jesús como a cualquier judío de su tiempo. Entre ambos educarán sus sentimientos, infundirán en él un enorme aprecio por el matrimonio y la vida en familia. Un hombre que ama la creación y disfruta su belleza, desea que también los demás la gocen y agradezcan a Dios por ella. Jesús dará su vida para que los demás obtengan la vida en abundancia y la compartan con generosidad.

Para que la belleza de la tierra alegre a niños y ancianos, a amigos y enemigos, para que ningún pobre sea excluido de las bondades de la creación, recordamos que un día Cristo entró en la oscuridad de la muerte porque otro día María dio a luz al Salvador.
Publicado en Si tuviera que educar a un hijo… Ideas para transmitir la humanidad, Centro de Espiritualidad Ignaciana, Santiago, 2004.

7 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Muchas gracias , nunca había leido algo mejor sobre Maria , ni sobre la misión de una madre.
Patricia Lisboa

12:03 p. m.  
Blogger Jorge Costadoat S.J. said...

Me alientan tus palabras. Trataré de escribir de nuevo sobre la Virgen.
Jorge Costadoat

12:32 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

...como anillo al dedo.
gracias jorge. me reconforta.
Christian Salinas Plandiura

12:13 p. m.  
Blogger Karina said...

NO PUEDO DOMINAR LAS GANAS DE SEGUIR LEYENDO TODO TU BLOG.
ESTUDIO TEOLOGIA Y CATEQUESIS EN UN SEMINARIO PARA LAICADO Y REALMENTE, TU ENFOQUE INTELIGENTE DA MUCHO PARA PENSAR Y CONECTAR.
CELEBREMOS NUESTRA FE QUE NOS PIDE LA RAZÓN Y ASÍ, CUANTO MÁS LA CONOCEMOS, MÁS LA AMAMOS.
UN SALUDO GRANDE,
KARINA
MARTINEZ, PCIA.DE BS.AS., ARGENTINA)

9:13 a. m.  
Blogger Karina said...

just in case...
les paso mi e-mail (aun no tengo blog, snif!): latitud34@gmail.com
cariños
K

9:17 a. m.  
Blogger ROSHBALAM CHILAM said...

Hermosos pensamientos que hacen reflexionar sobre el misterio de la joven María, como madre y maestra del Hijo de Dios.

8:19 p. m.  
Blogger ROSHBALAM CHILAM said...

Hermosos pensamientos que hacen reflexionar sobre el misterio de la joven María, como madre y maestra del Hijo de Dios.

8:19 p. m.  

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